La cadena hotelera española Meliá ha decidido que ya está bien de jugar al turista en la isla comunista y a partir de este viernes se larga del todo. La excusa oficial es que las nuevas sanciones de Estados Unidos les han puesto la vida imposible, tanto de hecho como de derecho, y ya no hay forma de mantener ni una mínima estabilidad operativa. O sea, que Trump ha apretado el tornillo y los mallorquines han recogido las toallas de playa antes de que les embarguen hasta la última hamaca.
Hace solo unas semanas Meliá ya había soltado quince de sus hoteles, copiando el movimiento de otras empresas que no querían ni acercarse al conglomerado Gaesa, ese monstruo económico-militar cubano que Washington tiene en la lista negra. Los diecinueve restantes seguían funcionando con el Ministerio de Turismo… hasta que la semana pasada el propio Trump decidió sancionar también a ese ministerio. Resultado: adiós a todo. La compañía habla de “dificultades persistentes operativas, legales, económicas y financieras” que impiden garantizar condiciones mínimas. Traducido al español de la calle: Cuba se ha convertido en un negocio tan estable como un chiringuito en pleno temporal.
Meliá fue la primera cadena española que llegó a la isla tras la caída del bloque soviético en 1991, cuando Cuba abrió la puerta al turismo internacional para no ahogarse. Ahora se va con un “gracias por los años” y la promesa de una transición ordenada y responsable. Los cubanos, mientras tanto, se quedan sin los hoteles de la marca y con la sensación de que otro inversor extranjero ha decidido que ya no compensa.
La isla sigue bajo presión, el Ministerio de Turismo sancionado y Meliá rumbo a Mallorca con las maletas llenas de recuerdos… y sin un solo huésped más que gestionar. Fin de la temporada en el Caribe para los de las toallas blancas.