La Selección Mexicana decidió que la fase de grupos era el momento ideal para estrenar un récord que nunca había estrenado: ganar los tres partidos sin recibir un solo gol. Javier Aguirre rotó el equipo ante República Checa, dejó en la banca a varios titulares y aun así el resultado fue el mismo: dos goles, victoria y pasaje perfecto con nueve puntos de nueve posibles.
El partido contra los checos resultó más ejercicio de paciencia que de drama. El rival europeo apareció descoordinado, sin ideas en ataque y con la energía de quien ya había comprado el boleto de regreso antes del silbato inicial. México tardó en encender los motores durante el primer tiempo, pero Gilberto Mora volvió a ser el jugador que acelera jugadas con controles orientados que parecen trampolines. En la segunda mitad, una jugada de Mateo Chávez y Luis Romo terminó en el primer gol, y Chávez se convirtió en el mexicano más joven en anotar en un Mundial. El segundo tanto llegó por otro pase filtrado de Mora, esta vez para Jorge Sánchez, y Julián Quiñones empujó el balón tras un par de rebotes.
Aguirre administró el resultado con inteligencia y, al final, rindió homenaje a Guillermo Ochoa en lo que podría ser su último partido como profesional. El Estadio Ciudad de México respondió con aplausos mientras el equipo bajaba revoluciones sin que los checos lograran inquietar la defensa.
Ahora viene lo complicado. Cualquiera que sea el rival en octavos será más exigente que los tres equipos enfrentados hasta ahora. El paso perfecto quedó registrado, la portería sigue impecable y el grupo mantiene la frescura necesaria. Lo que sigue ya no será un trámite, sino el examen real para un equipo que hasta el momento solo ha mostrado orden, solidez y resultados.