Desde la base de Santa Lucía, a las dos y media de la tarde, dos aviones de la Fuerza Aérea Mexicana despegaron cargados de buena voluntad y equipo como si fueran a una fiesta de vecinos donde nadie trajo hielo. El envío oficial, anunciado por Relaciones Exteriores y Defensa, consiste en 261 personas: 240 soldados del Ejército, 11 de la Fuerza Aérea y 10 de la Guardia Nacional, más 18 binomios de perros entrenados para oler gente bajo los escombros, lo que en la práctica significa que los canes viajan con pasaporte diplomático y croquetas de primera.
La carga inicial pesa 4.4 toneladas de herramientas y 2.7 toneladas de medicamentos, suficiente para atender a los afectados antes de que el siguiente vuelo, un Hércules C-130, llegue con ocho toneladas extra de pastillas y cuatro de material de rescate. En total parece el camión de mudanza de un hospital que decidió mudarse a Caracas por unos días.
El contingente, formado por médicos, camilleros, enfermeros y rescatistas, evaluará sobre la marcha si hace falta mandar más personal, como cuando uno va a ayudar a un amigo a pintar la casa y termina quedándose a cenar porque “ya que estamos aquí”. Mientras tanto, los perros olfatearán estructuras caídas con más eficacia que cualquier detector de mentiras político.
En resumen, México mandó un pequeño ejército de socorro con cuatro patas extra, toneladas de insumos y la promesa de que si hace falta refuerzos, volverán a cargar los aviones. Porque cuando tiembla la tierra, nada mejor que recibir ayuda de quien sabe que los problemas grandes se resuelven con muchos perros, muchas vendas y cero burocracia de por medio.