En plena Nueva Delhi, donde el calor ya derretiría hasta el acero de un tanque, el primer ministro indio Narendra Modi y la primera ministra japonesa Sanae Takaichi han decidido que lo mejor para los próximos diez años es juntarse como dos borrachos en una boda: a ver quién paga la cuenta y quién se lleva los regalos. Han acordado cooperar en inteligencia artificial, defensa, seguridad económica y energía, porque al parecer el mundo se está poniendo tan loco que hasta los ascensores de Tokio y los rickshaws de Delhi necesitan un manual de instrucciones en común.
Takaichi, con cara de quien acaba de descubrir que su vecino tiene misiles en el garaje, soltó en la rueda de prensa: “Aprovechando lo que cada uno tiene, Japón e India podemos volvernos más fuertes y prósperos juntos”. Traducido al lenguaje de la calle: “Tú traes el curry picante y yo traigo el sushi crudo, y entre los dos intentamos que China no se coma todo el plato antes de que lleguemos al postre”.
En el apartado de defensa han decidido reforzar la colaboración, que en cristiano significa “vamos a comprar juguetes caros para que nadie nos toque las narices”. En seguridad económica firmarán una declaración para pasar de las palabras bonitas a “acciones concretas”, es decir, que los funcionarios de ambos países dejen de enviarse memes y empiecen a mover dinero de verdad. Y en energía, han acordado charlar sobre reservas de petróleo y transición energética, lo que básicamente viene a decir que India quiere seguir teniendo luz cuando se le acabe el carbón y Japón quiere que nadie le apague el aire acondicionado en agosto.
Modi, por su parte, ha calificado a Japón de “socio importante” y ha anunciado que en la próxima década llegarán 10 billones de yenes de inversión japonesa a India, además de duplicar el número de empresas niponas en el país. O sea, que en diez años habrá el doble de japoneses en Delhi preguntando por qué el metro no llega a tiempo y por qué las vacas siguen paseando por la autopista como si fueran accionistas.
El objetivo final, según ambos, es un Indo-Pacífico donde reine la libertad y la prosperidad. Lo que nadie ha explicado es qué harán cuando China, Rusia o quien sea decida que la prosperidad también le gusta y se presente a la fiesta sin invitación. Por ahora, la estrategia parece ser la de siempre: sonreír mucho, firmar papeles bonitos y esperar que los robots no se rebelen antes de que termine la década.