La capital mexicana decidió practicar el arte ancestral de no abarrotarse como si fuera un vagón del Metro en hora pico. Según balances que suenan más a queja de quien esperaba fila para el baño, las reservaciones en Airbnb y hoteles siguen sin explotar como un globo en manos de un niño hiperactivo. El estudio de Yesua Martínez Torres en la UNAM y los datos de Coparmex CDMX reportan 28.2% de ocupación en plataformas y 65% en hoteles para el partido inaugural.
Los críticos, con la misma cara de sorpresa que quien descubre que el agua moja, señalan que las cifras quedan lejos de sus profecías de 80% o 100%. Olvidan que la ciudad ya concentra 18 mil 118 propiedades en Airbnb, casi el doble que Toronto, y que los visitantes parecen preferir Roma, Condesa y Polanco antes que acampar junto al estadio. Martínez Torres mismo admite que el leve repunte carece de significado estadístico y podría deberse a la configuración urbana o al tipo de partidos. En otras palabras, la gente elige dónde divertirse en lugar de seguir un mapa como si fuera un videojuego mal programado.
Mientras tanto, la distribución de los 104 encuentros entre tres países obliga a los aficionados a moverse como piezas de ajedrez con presupuesto ajustado. La conectividad, según Juan Carlos Barrón Pastor y Alejandro Mercado Celis del CISAN, pesa más que la cercanía física. México, lejos de entrar en pánico, observa cómo los beneficios se distribuyen sin necesidad de saturar cada colchón disponible.
Al final, la verdadera jugada maestra consiste en que el torneo funcione como vitrina sin convertir la capital en un parque de diversiones desbordado. Los escépticos pueden seguir contando camas vacías; la ciudad, mientras tanto, sigue controlando el ritmo del partido.