En un acto celebrado en un asentamiento de Cisjordania, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha soltado la bomba: ya está harto de depender militarmente de Estados Unidos y ha exigido fabricar su propio armamento para convertirse en un país “libre, poderoso y con cojones propios”. Según sus palabras, Israel debe dejar de pedir prestado el tanque y empezar a montarse el suyo en el taller, como quien decide dejar de usar el coche de su suegro.
El mensaje ha sonado más o menos así: “Agradezco el apoyo americano, pero ya basta de ser el hijo que sigue pidiendo dinero para la PlayStation. Quiero independencia armamentística total. Que se fabriquen mis propios misiles, mis propios drones y mis propios comandantes, que para eso estamos”. Netanyahu ha insistido en que “eso determinará quiénes somos”, frase que ha dejado a más de uno preguntándose si se refería a Israel o a un anuncio de colonia para hombres.
El timing no ha podido ser peor. Apenas un día antes, el propio Netanyahu, el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor habían prometido seguir “dando golpes” en el sur del Líbano, mientras Irán exigía que pararan el jaleo para no fastidiar las negociaciones con Washington. El vicepresidente estadounidense JD Vance, por su parte, ya había soltado que Israel no puede resolver sus problemas “a hostias” y que atacar al único aliado que le queda es como pegarle al camarero que te trae la cuenta.
Netanyahu, sin embargo, parece decidido a montar su propia industria bélica aunque sea soldando piezas en el sótano. Imagínense tanques con forma de menorá, misiles que suenan a hora de comer y aviones de combate que solo despegan después de la siesta. El primer ministro ha advertido que todo depende de “generar más fuerza”, algo que suena a anuncio de suplementos para el gimnasio pero aplicado a la guerra.
Mientras tanto, en Teherán ya están contando los días para ver si el nuevo “Israel hecho en casa” funciona o si al final tendrán que volver a pedirle a Estados Unidos que les preste el cargador. Porque, como dice el refrán popular: quien depende de otro para defenderse, termina pidiendo hasta el permiso para ir al baño.