En la cumbre del Mercosur, celebrada en los suburbios de Asunción, el canciller paraguayo Rubén Ramírez soltó la bomba con la delicadeza de un elefante en una cristalería taiwanesa: su país está dispuesto a venderle hasta el último poroto a China, siempre y cuando Pekín no exija que rompan el anillo diplomático con Taiwán.
“Podemos negociar lo que sea, pero que nadie nos pida que mandemos a Taiwán al basurero de la historia”, soltó Ramírez, mientras los demás miembros del bloque (Brasil, Argentina y Uruguay) ya tienen relaciones carnales con el gigante asiático. Paraguay, en cambio, sigue siendo el único socio del Mercosur que mantiene a Taiwán como su único aliado sudamericano, una relación tan exclusiva como la de dos tortolitos en un mundo de poligamia geopolítica.
El funcionario insistió en que seguirán dialogando “si las condiciones lo permiten”, lo que en lenguaje diplomático significa: “Queremos la plata china, pero sin que nos saquen la foto con la camisa de Taiwán puesta”. Mientras tanto, en Pekín ya están cansados de repetir que Taiwán es parte de China y que Paraguay debería dejar de jugar a dos puntas como adolescente que tiene dos novias en diferentes ciudades.
El presidente brasileño Lula da Silva, por su parte, ya anunció que el bloque quiere “hacer lo mismo con China” que está haciendo con Japón. Traducción libre: “Queremos que nos llenen de yuanes, pero Paraguay sigue actuando como el amigo que no quiere presentar a su pareja china en la casa de la familia taiwanesa”.
En resumen, Paraguay quiere el dinero de China, la lealtad de Taiwán y que nadie le pregunte por qué sigue manteniendo dos relaciones diplomáticas a la vez. Una jugada tan elegante como intentar ligar en dos boliches diferentes sin que se enteren.