En el último discurso oficial antes de que Abelardo de la Espriella tome el poder el 7 de agosto, Gustavo Petro aprovechó el día nacional para montar un numerito digno de telenovela de las cuatro de la tarde. Con el público todavía oliendo a pólvora y aguardiente, el presidente saliente volvió a negar que De la Espriella hubiera ganado las elecciones y soltó que el verdadero triunfador fue Iván Cepeda. Según él, Colombia ya no es república sino virreinato de Estados Unidos y hay que dar “el segundo grito de independencia” como si estuviéramos en 1810 pero con wifi y facturas de luz.
Petro acusó al próximo gobierno de ser “sirviente” de Washington y de querer restablecer relaciones con Israel, a quien describió como admirador de “corridas de toros y genocidios”. La frase quedó flotando en el aire como un chiste malo que nadie sabe si aplaudir o abuchear. Mientras tanto, defendió su gestión asegurando que el hurto bajó al mínimo histórico y que dejó un Ejército más grande del que recibió, como si estuviera entregando un carro tuneado en vez de un país.
Para rematar, amenazó con huelga general y paro agrario si el nuevo gobierno toca las reformas laborales o la reforma agraria. O sea, que si De la Espriella se atreve a cambiar algo, Petro llama a la gente a salir con pancartas y ollas como si fuera el reality “Supervivientes: edición Palacio de Nariño”.
La transición, que ya pintaba complicada, ahora parece más un divorcio ruidoso que una entrega de mando. Petro se va dejando el micrófono caliente y De la Espriella entra sabiendo que cualquier movimiento en falso puede acabar en marcha, cacerolazo y memes hasta el cansancio. Colombia, mientras tanto, sigue esperando a ver quién paga la cuenta del espectáculo.