El Gobierno cubano ha acusado al secretario de Estado Marco Rubio de reforzar el cerco económico y energético contra la isla tras las nuevas sanciones contra la petrolera estatal CUPET. Según La Habana, el político actúa por “ambiciones de conquista, aspiraciones presidenciales y sentimientos vengativos”, y en lugar de argumentos serios recurre a “mentiras vulgares y rabiosas”.
Rubio, por su parte, justificó la medida alegando que las élites comunistas usan la energía como arma de control social y beneficio personal. Es decir, el mismo hombre que hace dos semanas organizaba peleas de UFC en el jardín de la Casa Blanca ahora decide quién enciende la luz en La Habana. Un currículum de lo más coherente.
Mientras tanto, el presidente Miguel Díaz-Canel y hasta Raúl Castro ya figuran en la lista de sancionados, sumándose a un “bloqueo de facto” sobre el combustible que la isla describe como un “castigo colectivo” equivalente a genocidio. Cuba lo llama asfixia; Washington lo llama “hasta que se porten bien”.
El resultado es otro capítulo de la eterna telenovela caribeña: un lado grita “mentiras rabiosas”, el otro responde “control cleptocrático”, y los ciudadanos siguen haciendo cola para la gasolina como si fuera el último boleto para un concierto de reggaetón sin fecha.
En resumen, otro día en el que Rubio aprieta el grifo, Cuba protesta a voz en cuello y el pueblo se queda a oscuras… pero al menos con la satisfacción de saber que la pelea sigue más viva que nunca. ¡Que alguien traiga velas y palomitas!