Moscú ha decidido que ya está bien de tanto enfado y que está dispuesta a charlar con los europeos, siempre y cuando estos dejen de comportarse como si tuvieran el mando a distancia de la historia. Dmitri Peskov, portavoz del Kremlin y especialista en soltar verdades como puños, soltó que los europeos tienen una idea muy equivocada: creen que pueden negociar con Rusia desde una posición de superioridad moral mientras Rusia se supone que debe estar de rodillas. “Eso es incompetencia, desinformación o simple estupidez”, sentenció sin rodeos, como un abuelo ruso en la sobremesa.
Vladimir Putin, por su parte, ha dejado claro que él no va a llamar primero. Según él, fueron los europeos los que rompieron la relación, así que ahora les toca a ellos marcar el número y aguantar el “no me llames, te llamo yo”. Mientras tanto, la Unión Europea, que lleva más de veinte rondas de sanciones puestas como si fueran capas de ropa en invierno, ha empezado a hacer llamaditas tímidas al Kremlin. Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, mandó a sus diplomáticos a tantear el terreno “para abrir canales”, aunque en la última cumbre de Bruselas varios líderes se miraron entre sí como quien descubre que su compañero de piso ha invitado a cenar al ex sin avisar.
Rusia pone condiciones claras: nada de moralinas, nada de ultimátums y, sobre todo, nada de ese tono de “nosotros somos los buenos”. Peskov lo resumió con la elegancia de un taxista moscovita: “Ese tipo de discurso no lleva a ninguna parte”. Europa, dividida como siempre, no sabe si seguir apretando o empezar a coquetear. Unos quieren más sanciones, otros prefieren no quedar como los tontos de la película.
En resumen, Rusia está dispuesta a hablar… pero Europa tendrá que presentarse con las manos vacías de ultimátums y llena de humildad. Algo así como cuando tu suegra decide perdonarte después de tres años sin dirigirte la palabra. El resultado más probable: muchas llamadas, mucho postureo y, al final, el mismo embrollo de siempre, pero esta vez con más diplomáticos cansados y menos certezas.
Porque en Europa del Este, como en las familias españolas, nunca se discute de verdad… hasta que se discute de verdad.