Claudia Sheinbaum cerró cualquier puerta a la ultraderecha en México durante su mañanera del 11 de junio. Con la calma de quien explica que el agua moja, recordó que el país lleva décadas siendo laico y que su Revolución social desde abajo dejó huella profunda. Según la presidenta, intentar que ideas extremas prendan aquí es como querer vender paraguas en el desierto: la memoria colectiva se encarga de rechazarlos antes de que empiecen.
Sheinbaum explicó que el neoliberalismo ya fue derrotado porque la gente buscó mejores condiciones de vida, democracia y libertades. Esa trayectoria, dijo, hace casi imposible que opciones asociadas con la ultraderecha avancen. La soberanía, los derechos y la laicidad no son slogans recientes, sino capas acumuladas de transformaciones que el pueblo defendió. Por eso, cualquier intento de importar modelos que funcionaron en otros lugares choca contra una realidad distinta y más arraigada.
La mandataria subrayó que México no repite historias ajenas. Mientras otros países lidian con olas extremas, aquí la Revolución, la defensa del Estado laico y el rechazo reciente al neoliberalismo actúan como filtros naturales. Sheinbaum se mostró serena: el país avanza con su propio ritmo y no necesita lecciones importadas.
Al final, el mensaje quedó claro. La ultraderecha puede sonar fuerte en otras latitudes, pero en México suena tan fuera de lugar como un mariachi en una ópera. La historia, según la presidenta, ya decidió el guion.