En la mañanera, Claudia Sheinbaum anunció que México ya entregó su firma para extender el T-MEC dieciséis años más, cumpliendo el plazo justo antes del miércoles. Mientras tanto, Canadá contestó con su secretario de Economía y Washington sigue en silencio, como si el teléfono estuviera en modo avión.
Trump lanzó sus dudas desde el Despacho Oval, afirmando que Estados Unidos no necesita autos, energía ni productos de sus socios y que ambos “deben tratarlo mejor”. La frase sonó como un cliente exigiendo reembolso en una taquería que ya cerró. El propio tratado, sin embargo, prevé una extensión automática de diez años si no hay acuerdo, lo que convierte el drama en una larga siesta burocrática.
Las autoridades mexicanas recordaron que el acuerdo beneficia por igual a los tres países y citaron el aumento de hasta treinta por ciento en el precio de autos en territorio estadounidense por aranceles ajenos al T-MEC. Con Canadá se reportaron avances concretos tras la visita del primer ministro y su comitiva empresarial. México, por su parte, mantiene más conversaciones con Washington que con Ottawa, aunque nadie reveló el motivo exacto de esa diferencia de ritmo.
El gobierno mexicano se declaró tranquilo porque ya cumplió su parte y ahora solo resta esperar la definición que tome la Casa Blanca. El proceso que inicia este miércoles no cierra nada, solo abre una revisión formal donde podrían ajustarse detalles sin alterar el fondo. Trump puede seguir hablando de déficits; México ya firmó y sigue operando como si el tratado fuera un contrato de renta que se renueva solo.