El primer ministro británico, Keir Starmer, ha decidido que la mejor forma de proteger a los menores es arrancarles el móvil de las manos como si fuera un paquete de tabaco. A partir de ahora, los menores de 16 años tendrán prohibido el acceso a TikTok, Instagram y compañía, y también habrá restricciones en videojuegos y retransmisiones en directo. Todo ello porque, según el Gobierno, los niños pasan demasiado tiempo en internet y eso les está destrozando la cabeza. O sea, la solución oficial es convertir a los adolescentes en ermitaños digitales hasta que cumplan los 16.
Starmer ha asegurado que, aunque las grandes tecnológicas tienen más poder que un político con mayoría absoluta, el Gobierno británico va a plantar cara. “Una prohibición total es la opción correcta”, ha dicho con la misma convicción de quien promete que esta vez sí va a dejar de fumar. Australia ya lo hizo el año pasado y ahora Reino Unido quiere ser el siguiente país en intentar lo imposible: que un menor de 16 años no encuentre la forma de saltarse un control de edad.
Los datos de la consulta pública son demoledores: el 83% de los padres cree que las redes sociales hacen más daño que bien y el 90% apoya la edad mínima de 16 años. Traducción: los padres están encantados de que el Estado les quite el problema de encima. Mientras tanto, un grupo de escolares de Londres ya ha explicado que su relación con el móvil es complicada, pero que tampoco van a dejar de usarlo solo porque un señor en una corbata lo diga por televisión.
Los psicólogos, por su parte, han advertido que no hay pruebas de que la prohibición funcione. Los menores, por su lado, ya están preguntando en foros cómo instalar una VPN antes de que la ley entre en vigor. Porque en la práctica, prohibir las redes sociales a un adolescente es como prohibirle el aire: encontrará la forma de conseguirlo, aunque sea a través del móvil de su hermana mayor, el ordenador del instituto o el del vecino del quinto.
En resumen, otro intento de regular internet con la misma eficacia con la que se intentó prohibir el alcohol en Estados Unidos en los años 20. Los padres respiran aliviados, las tecnológicas preparan sus equipos legales y los niños ya están preparando su plan B. Porque, al final, la única verdad universal es que ningún menor de 16 años ha renunciado nunca a nada por el simple hecho de que un político se lo haya pedido por favor.