Keir Starmer, el primer ministro británico que parecía más un robot de cocina que un político, anunció el lunes su dimisión desde la puerta de Downing Street con la misma emoción de quien acaba de perder la final de la Champions por penaltis. Dijo que había escuchado al Partido Laborista y que ya no era el hombre adecuado para llevarlos a las elecciones de 2029. O sea, que se bajó antes de que lo bajaran a empujones.
El favorito para sustituirlo es Andy Burnham, el exalcalde del Gran Mánchester, que ahora parece el nuevo rey de la fiesta. A sus 56 años, Burnham ya tiene el apoyo de Wes Streeting y varios diputados laboristas hablan de una “coronación” en vez de una pelea. Vamos, que el liderazgo del partido podría cambiar de manos más rápido que un portero en un partido de fútbol sala.
En solo diez años, Reino Unido ya va por su séptimo primer ministro desde el Brexit, como si el cargo fuera un puesto de camarero en un bar de copas. Starmer, que llevaba solo dos años en el poder, se emocionó al hablar de su familia y prometió dedicar más tiempo a ser “el mejor marido posible para su fantástica esposa Vic”. Los laboristas más sentimentales se pusieron tristes, pero otros recordaron que Starmer había tratado a sus rivales igual que ahora lo tratan a él: con una buena paliza.
La cosa se complicó el viernes cuando Burnham ganó unas elecciones parciales y dejó en ridículo al partido de Nigel Farage. Farage, que lleva un año liderando las encuestas, ya ha pedido elecciones generales inmediatas y ha dicho que está harto de “políticos acabados”. Mientras tanto, la libra subió y los bonos británicos respiraron aliviados, como si los inversores hubieran visto a un nuevo portero que al menos no se tira al suelo cada dos por tres.
Burnham todavía no ha explicado muy bien qué piensa hacer con la economía, la defensa o los asuntos exteriores. Solo ha dicho que quiere bajar el coste de la vida. Por ahora, Reino Unido sigue con los costes de financiación más altos del G7, una deuda que parece la factura de un restaurante después de una boda, y un electorado que está más cabreado que un taxista en hora punta.
En resumen: otro primer ministro británico se va por la puerta de atrás, otro posible sucesor entra por la puerta principal, y el país sigue dando vueltas como un tiovivo que nadie sabe parar. Burnham ya prepara su mudanza a Londres, Farage pide elecciones como quien pide otra ronda, y los británicos se preparan para tener, en menos de una década, más primeros ministros que cambios de gobierno en España.