Guy Parmelin y Peter Kyle han cerrado en Berna un Tratado de Libre Comercio modernizado que esperan firmar a finales de 2026. Después de empezar las charlas en 2023, los dos países que viven fuera de la UE han decidido que su comercio bilateral, que ya supera los 30.000 millones de libras, necesita una puesta a punto urgente.
El acuerdo pone el foco en los servicios, que representan más del 80 % de la economía británica. Según el Gobierno de Londres, esto generará 5.200 millones de libras extra al año en exportaciones de servicios hacia Suiza. Los helvéticos, por su parte, presumen de haber protegido los tratos preferenciales de mercancías y de haber ampliado el acceso en inversión, comercio digital, servicios financieros, telecomunicaciones, propiedad intelectual y hasta las compras públicas. Todo ello con un guiño especial a las pymes.
Como guinda geopolítica, el pacto pretende demostrar que, mientras el mundo se fragmenta como una relación tóxica en redes sociales, estos dos países prefieren seguir durmiendo en la misma cama comercial. El primer ministro británico, Keir Starmer, ya lo ha vendido como el sexto acuerdo en dos años y una oportunidad de oro para las empresas de su país.
Pero lo que más celebrarán los 800.000 turistas británicos que visitan Suiza cada año es que podrán pasar por las puertas electrónicas suizas sin hacer cola y, por primera vez, no pagarán roaming. Sí, has leído bien: adiós a las facturas sorpresa como si hubieras llamado a la ex desde el otro lado del Atlántico.
Resumen absurdo: mientras el cuero y el aceite de palma siguen peleándose en Bruselas, Suiza y Reino Unido han decidido que lo importante es que los banqueros y los turistas crucen la frontera más rápido que un suizo cobrando una multa.