¡Qué despropósito más grande, público sin pelos en la lengua! El presidente yanqui Donald Trump ha salido con una amenaza de película barata: cada vez que Irán toque un barco en el estrecho de Ormuz, ya sea con misiles, drones o hasta con tirachinas, Estados Unidos responderá bombardeando un puente o una central eléctrica. Lo soltó en su red social como quien lanza un dardo en un bar de copas, y el mensaje sonaba más a pataleta de niño grande que a estrategia diplomática. El tipo repitió la frase con mayúsculas como si estuviera gritando en una asamblea de vecinos: ¡un puente o una central eléctrica por cada navío!
El numerito llega justo cuando el conflicto ya lleva cinco meses de locos, con misiles cayendo en islas, drones interceptados en Kuwait, Jordania y Baréin, y los hutíes metiendo cizaña en el otro lado del mapa. Todo esto ha disparado el precio del barril de crudo por encima de los 95 dólares, como si el oro negro se hubiera vuelto más caro que una entrada a un concierto de reggaetón. Los consumidores yanquis ya sienten el mordisco en la cartera antes de unas elecciones de mitad de mandato que prometen ser más reñidas que un clásico de fútbol.
Mientras Trump resiste la presión y dice que “la cosa no ha terminado en absoluto”, su gente de Exteriores sigue hablando de acuerdos negociados a través de mediadores, como quien pide tregua después de romper todos los platos en la mesa. El Pentágono ya ha gastado 37.500 millones de dólares y pide otros 67.000 más, una factura que parece sacada de una telenovela venezolana donde el villano siempre pide más plata. Y por si fuera poco, el próximo objetivo podría ser un complejo subterráneo cerca de Natanz, que Irán niega que sea nuclear pero que Washington usa como excusa para seguir la fiesta.
El resultado es un teatro del absurdo donde los misiles vuelan, los precios suben y el público paga la entrada con la luz y la gasolina. Trump, que se cree el dueño del tablero, amenaza con destruir infraestructura civil como si estuviera jugando al dominó con fichas ajenas. Mientras tanto, los precios del petróleo siguen trepando más rápido que la inflación en cualquier país latinoamericano y el mundo entero se pregunta cuándo se acaba este capítulo de locos. ¡Qué nivel de disparate, señores! Un conflicto que parece escrito por guionistas de comedia pero con explosiones de verdad y sin final a la vista.