Donald Trump montó otro numerito en Ankara: llamó a España “socio terrible” de la OTAN por no apuntarse a su guerra contra Irán y, sin pensarlo dos veces, ordenó a su secretario del Tesoro que rompiera todas las relaciones comerciales con Madrid. Como si España le hubiera robado el bocadillo en el patio del colegio.
El presidente actuó con la misma madurez que quien borra a un amigo de WhatsApp porque no le dio like a su foto. “No me apoyáis en la guerra, pues nada de comprar jamón, ni vino, ni nada”, pareció decir mientras el resto del mundo se preguntaba si esto era diplomacia o simplemente un berrinche grabado para las cámaras.
Desde Bruselas, el portavoz de la Comisión Europea respondió con la paciencia de quien le recuerda al vecino que firmaron un contrato de la comunidad: “El año pasado firmamos una declaración conjunta y esperamos que se cumpla, igual que nosotros cumplimos lo nuestro”. Traducido: “Niño, devuélvete el balón o al menos avisa antes de romper el acuerdo”.
El resultado es otro capítulo de la telenovela absurda: un presidente que castiga a un país entero por no querer jugar a la guerra, una Unión Europea que habla de “comercio predecible” mientras el caos se ríe en la esquina y España convertida, de golpe, en el invitado al que ya no le guardan asiento en la mesa. Todo muy adulto, muy serio y, sobre todo, muy ridículo.