Washington se ha convertido en el escenario de una cacería digna de película de vaqueros barata, pero con pasaporte y sin final feliz. El gobierno de Donald Trump ha decidido que ya no basta con las redadas normales: ahora va a por el Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, esa organización fundada por Fidel Castro en 1960 que, según ellos, es más peligrosa que una suegra en Nochebuena. Detuvieron a Carlos Antonio Lloga, su esposa y su hijo, revocándoles el estatus legal como si fueran fichas de dominó que se caen solas. El Departamento de Estado lo acusó de ser un “subversivo extranjero” que llevaba más de diez años vendiendo propaganda cubana mejor que un vendedor de churros en la feria. Y para rematar, recordaron que el actual presidente del ICAP ya pasó quince años en la cárcel por espionaje, como si la revolución cubana fuera un club de fans de los años noventa.
Pero eso no es todo. Trump también ha puesto el sello de “organización terrorista extranjera” a los Chone Killers, una banda ecuatoriana que se separó de los Choneros en 2020 y que, según Marco Rubio, ha cometido asesinatos de alto perfil como si fueran extras de una serie de Netflix mal actuada. La idea es mantener las drogas fuera de las calles estadounidenses, aunque nadie explica cómo se logra eso mientras el cartel Jalisco Nueva Generación sigue financiando campañas políticas mexicanas como si fueran patrocinadores de un equipo de fútbol de segunda división.
Y el Tren de Aragua tampoco se libra. Más de trescientos cincuenta supuestos miembros ya están detenidos en Estados Unidos desde que los declararon terroristas, y su líder, el Niño Guerrero, murió en una operación conjunta en Venezuela. Todo esto mientras el gobierno estadounidense jura que jamás permitirá que matones comunistas o narcos conviertan su país en un hogar. O sea, que Trump está limpiando el hemisferio como quien pasa la aspiradora antes de que lleguen las visitas.
En resumen, una mezcla de espías jubilados, bandas criminales con nombre de película de acción y carteles que parecen agencias de publicidad electoral. Mientras tanto, los migrantes y los que ya están dentro siguen preguntándose si la próxima redada los pillará con los pantalones bajados o si, al final, todo acabará como un capítulo más de la telenovela interminable que es la política estadounidense.