En Michigan, Donald Trump transformó la palabra México en una especie de cántico folclórico que nadie pidió. Entre risas propias y ajenas, repitió “Me-Hee-Ho” como si estuviera pidiendo un plato de tacos en un restaurante que solo existe en su cabeza. La escena, ocurrida el 27 de julio, terminó con el propio Trump reconociendo que el chiste no funcionó del todo.
El mandatario también elogió a Claudia Sheinbaum, a quien describió como una presidenta “muy agradable” y “muy buena”. Sin embargo, la parte que realmente interesaba era el anuncio de posibles aranceles a la lechuga mexicana. Apenas un día después de la tercera revisión del T-MEC, Trump amenazó con gravar el vegetal pese a que la Secretaría de Salud mexicana ya había informado, el 23 de julio, que las diez muestras analizadas de Taylor Farms México dieron negativo tanto al parásito Cyclospora cayetanensis como a coliformes fecales. El agua de la planta también resultó limpia.
El IMCO reportó que, a pesar de la retórica arancelaria, México aumentó su participación en las importaciones estadounidenses del 16 % en 2024 al 17 % en 2025, superando incluso a Canadá como principal comprador de productos norteamericanos. El arancel implícito que enfrenta México se mantiene en 3.4 %, muy por debajo de Alemania, Japón o Corea del Sur.
Al final, los intentos de Trump por convertir el comercio en un espectáculo fonético chocaron con datos que no necesitan traducción. La lechuga mexicana sigue cruzando la frontera sin necesidad de pasaporte especial ni disculpas previas.