Resulta que el presidente Donald Trump, ese señor que parece un vendedor de coches usados con peluquín, ha decidido que Arabia Saudita no podrá tener su juguetito nuclear civil hasta que se bese con Israel en la lengua. El acuerdo, anunciado con bombo y platillo mientras Estados Unidos sigue peleando con Irán por temas atómicos, promete llenar de dólares los bolsillos de las empresas yanquis. Pero hay un pequeño detalle: primero hay que normalizar relaciones con el vecino israelí, como quien dice, “te doy el coche, pero primero limpia el garaje”.
Los críticos, que siempre están ahí para aguar la fiesta, advierten que esto podría terminar en una carrera nuclear más rápida que un domingo de resaca en un bar de Madrid. Imagínate: Arabia Saudita, Irán y quién sabe cuántos más compitiendo por ver quién construye el reactor más grande, como si fueran niños peleando por el mando de la tele. Una cláusula secreta, según algunos rumores de pasillo, permitiría que empresas estadounidenses monten una planta de enriquecimiento de uranio. Trump, desde su red social preferida, soltó de inmediato: “¡Nada de enriquecer nada!”. Como si dijera “ni se te ocurra ponerle nata a ese café”.
Netanyahu, por su parte, celebró la idea como si le hubieran regalado un coche nuevo: “Un reconocimiento saudita sería histórico para la paz”. Los saudíes, mientras tanto, firmaron un pacto de defensa con Pakistán, el país que ya tiene bombas atómicas como quien tiene un extintor en el garaje. Por si acaso.
El secretario de Energía yanqui asegura que todo estará lleno de “salvaguardias” para que nadie convierta el programa civil en algo militar. Traducción: “Confíen en nosotros, que somos los mejores del mundo vendiendo tecnología nuclear”. Jennifer T. Gordon, experta del Atlantic Council, lo ve como una victoria contra Rusia y China: “O Arabia Saudita compra a Estados Unidos, o se va con los otros”. Como elegir entre dos marcas de cerveza en un supermercado.
En resumen, el pacto está supeditado a que los saudíes se apunten a los Acuerdos de Abraham, esos tratados que obligan a ser amigos de Israel aunque antes se tiraran los trastos a la cabeza. Si todo sale bien, miles de millones de dólares fluirán hacia empresas estadounidenses. Si sale mal… bueno, siempre podemos culpar al dron que incendió la planta de Emiratos el año pasado. Porque en este circo nuclear, lo importante no es la bomba, sino quién se lleva la entrada más cara.