El Gobierno japonés ha calificado de “lamentable” la nueva oleada de aranceles que Estados Unidos quiere imponer a sesenta países por no haber prohibido los productos fabricados con mano de obra esclava. Tokio, eso sí, cruza los dedos para que el acuerdo comercial bilateral firmado el año pasado con Washington siga intacto y no les caiga un recargo extra por la cara.
El portavoz Minoru Kihara salió en rueda de prensa con cara de quien acaba de morder un trozo de wasabi puro y declaró que el pacto entre Japón y Estados Unidos “sigue sin cambios” y que ya tienen confirmación de que no habrá más castigos. Es decir, “nosotros somos buenos chicos, no nos cobres, por favor”.
La medida de Washington viene a sustituir al arancel temporal del diez por ciento que impuso durante ciento cincuenta días y que ya caducó. Según la Casa Blanca, “décadas de persuasión moral no han servido de nada”, por lo que ahora toca pasar a la vía rápida: si no prohíbes el trabajo forzado, te metemos la mano en el bolsillo hasta que te duela.
Japón, con su eterna educación de samurái de oficina, responde con un “es una pena” mientras reza para que el acuerdo bilateral no se convierta en un acuerdo trilateral con arancel extra. El resto del mundo, especialmente los sesenta países señalados, ya se están preparando para recibir la factura con el mismo entusiasmo con el que se recibe una multa de tráfico por exceso de velocidad en zona escolar.
En resumen, Trump ha decidido que si no puedes acabar con la esclavitud con buenas palabras, al menos puedes financiarla con aranceles. Japón, mientras tanto, sigue sonriendo, inclinándose y repitiendo: “Todo sigue igual… ¿verdad?”.