El presidente estadounidense Donald Trump ha dejado claro que el acuerdo para que Arabia Saudita monte su propio programa nuclear civil solo saldrá adelante si el reino del desierto normaliza relaciones con Israel y se suma a los Acuerdos de Abraham. Es decir, nada de enriquecer uranio si antes no estrechan la mano al primer ministro israelí. Todo esto mientras Estados Unidos sigue liado en una guerra con Irán precisamente por el tema nuclear, que ahora parece más estancado que una reunión familiar en Nochebuena.
Trump ha repetido que el pacto generará miles de millones para empresas estadounidenses, aunque los críticos lo ven como un riesgo que podría encender una carrera nuclear en Oriente Medio más rápido que un mechero en un almacén de fuegos artificiales. Arabia Saudita, que lleva años diciendo que no firmará nada sin un Estado palestino de por medio, ahora se encuentra entre la espada y la pared: o abraza a Israel o se queda sin tecnología nuclear yanqui.
La portavoz de la Casa Blanca ha sido tajante: si los saudíes no se apuntan a los Acuerdos de Abraham, el acuerdo se da por nulo. Trump lo ha remachado en su red social con su estilo habitual: enriquecimiento cero para uso militar, solo civil, como ya tienen otros países, pero todo supeditado a que Riad bese el anillo israelí.
Israel, que al principio temía una carrera armamentística, ahora aplaude la jugada como si le hubieran regalado un pastel de cumpleaños. Netanyahu lo ha calificado de “avance histórico”. Mientras, el senador Bernie Sanders lo ha tachado de “absurdo”, señalando que Trump le niega el uranio a Irán pero se lo entrega a una de las dictaduras más duras del planeta.
En resumen, Trump ha convertido el acuerdo nuclear en un paquete de bodas: sin normalización con Israel, ni reactores ni leches. Arabia Saudita sonríe nerviosa, Irán observa desde la distancia y el resto del mundo se pregunta si al final todos acabarán con bombas atómicas como quien colecciona sellos.