Donald Trump ha decidido que el próximo director de Inteligencia Nacional sea Jay Clayton, fiscal federal del Distrito Sur de Nueva York y antiguo presidente de la Comisión de Bolsa y Valores. Lo anunció con esa elegancia suya de vendedor de chatarra: “Pocas personas en el mundo del derecho tienen el respeto que tiene Jay”. Dicho de otra forma, el hombre que antes vigilaba que los ricos no robaran demasiado ahora pasará a controlar todos los secretos del país. Nadie sabe muy bien cómo se pasa de perseguir fraudes bursátiles a saber qué hace Corea del Norte a las tres de la mañana, pero en la Casa Blanca estas transiciones se hacen con la misma seriedad con la que se cambia de canal en la televisión.
Como el Senado parece tener dudas, Trump ha optado por la solución de siempre: poner un suplente de confianza. El elegido es Bill Pulte, actual director de la agencia federal de vivienda, que ocupará el puesto en funciones desde el 19 de junio. Sustituirá a Tulsi Gabbard, que se marcha el 30 de junio. O sea, que el tipo que hasta ahora revisaba hipotecas va a pasar a revisar escuchas telefónicas de medio planeta. Es como poner al encargado de un bar a dirigir la orquesta sinfónica porque “es muy leal”.
El movimiento ha provocado el enésimo choque de trenes. La Cámara de Representantes, controlada por los republicanos, ha rechazado la prórroga exprés de la ley de vigilancia exterior que pedía Trump. El resultado es que una norma que permite espiar a extranjeros sin orden judicial está a punto de caducar mientras todo el mundo se tira los trastos a la cabeza. En resumen: el hombre que prometió “drenar el pantano” ha conseguido convertir la inteligencia nacional en un partido de fútbol entre aficionados que no saben ni dónde está la portería.
Al final, lo más surrealista no es que Clayton pase de los mercados a los micrófonos pinchados. Lo más surrealista es que nadie parece extrañarse. En la política estadounidense actual, cambiar de fiscal a superespía es tan normal como que te suban el precio del café. Y el Senado, mientras tanto, sigue sin decidir si confirma al nuevo jefe de los secretos o si prefiere seguir discutiendo sobre quién paga la cuenta.