El Parlamento Europeo aprobó el martes recortar aranceles a un montón de productos yanquis para cumplir con el pacto que Trump cerró el año pasado en su campo de golf de Turnberry, en Escocia, como si estuviera vendiendo churros en vez de negociar con los líderes del continente. A cambio de que la UE quite los impuestos a bienes industriales americanos y dé vía libre a sus productos agrícolas, Estados Unidos se queda con un 15% de arancel sobre casi todo lo europeo. Un trueque de manual de mercadillo de pueblo: tú me das el jamón más barato y yo te dejo pasar los tomates sin que te sangren.
Casi once meses después del acuerdo, los eurodiputados seguían sin mover ficha, como el que dice “luego lo hago” y nunca pasa del sofá. Trump, con la paciencia de un toro en la plaza, amenazó con poner aranceles “mucho más altos” si no aprobaban todo antes del 4 de julio. Imagínate la escena: el presidente en mangas de camisa, palo de golf en mano, soltando que si no hay rebaja de impuestos se desata el infierno arancelario.
Los europeos, que llevan años regateando como en una subasta de ganado, al final tuvieron que tragar. Ahora los productos americanos entrarán más baratos mientras los europeos pagan peaje del 15% en la frontera. Trump lo presenta como una victoria histórica; los euroburócratas lo venden como “un acuerdo equilibrado”. En la práctica es el típico cambalache donde uno sale contento y el otro sale con la cartera más ligera.
Otro capítulo de “El G7 y sus cuñados”, donde todo se decide entre amenazas de julio, campos de golf y parlamentos que tardan más que un entierro en decidir si suben o bajan los precios. ¿El resultado? Más productos yanquis en las estanterías europeas y la misma sensación de que alguien, en algún sitio, se está riendo mientras cuenta los billetes.