Donald Trump anunció que la próxima semana, al margen de la cumbre de la OTAN en Turquía, recibirá en Ankara a Volodímir Zelenski y a Ahmed al Sharaa, el mandatario sirio, en plan de “vamos a charlar un ratito mientras el mundo arde”. La Casa Blanca soltó la noticia como quien avisa que hay reunión familiar para resolver deudas pendientes, y todo ocurrirá el miércoles por la tarde en la capital turca.
La cita con Zelenski llega justo cuando Trump intenta vender la idea de que puede parar la guerra de Ucrania con una llamada telefónica y dos chistes. Los dos presidentes ya hablaron por teléfono el sábado para saludarse por los 250 años de Estados Unidos, pero la relación sigue más tensa que una cuerda de guitarra en un concierto de rock barrial. La última vez que se vieron en el G7 de Francia, todo terminó en gritos en el Despacho Oval, con Trump soltándole a Zelenski que “no tenía las cartas” para ganar, como si estuvieran jugando póker con la vida de millones en vez de discutir una guerra.
Por otro lado, el encuentro con Al Sharaa revive fantasmas libaneses. Washington anda especulando con un posible rol de Damasco en Líbano, un país que Siria ocupó militarmente durante décadas hasta 2005. El sirio ya le aclaró a Trump que no piensa meter tanques otra vez, sino que solo quiere “canales económicos”, como si Líbano fuera un mercado de abastos en vez de un polvorín donde Hezbolá e Israel siguen a los golpes. Al Sharaa, que ya pisó la Casa Blanca el año pasado, parece más interesado en vender dátiles que en invadir vecinos.
Trump planea hablar después con Vladímir Putin sobre el mismo tema, porque nada mejor que cerrar el círculo llamando al ruso que empezó todo. Mientras tanto, la Casa Blanca presenta estas reuniones como un gran avance diplomático, cuando en realidad suenan más a una terapia grupal de exaliados que ya no se soportan.
En resumen: Trump convierte la cumbre de la OTAN en un café de tres con Zelenski, el sirio y la sombra de Putin, todo mientras finge que puede arreglar guerras con una palmada en la espalda y una foto. Porque al final, entre gritos en el Despacho Oval, ocupaciones que duraron décadas y promesas de “solo canales económicos”, parece que la diplomacia actual se parece más a un grupo de WhatsApp de vecinos rencorosos que a una negociación seria.