El Departamento de Estado ha sacado una medida que parece sacada de una peli de espías de los años cincuenta: restricción de visados para cualquiera que huela a extrema izquierda. Marco Rubio lo soltó sin rodeos: los extranjeros que financien, inciten o ayuden a “terroristas de extrema izquierda” son enemigos de la civilización. Stephen Miller, el ideólogo de cabecera de Trump, remató el asunto afirmando que el terrorismo de izquierdas siempre acaba en sangre, miseria y sufrimiento, y que nunca se conforma.
La cosa va en serio. A partir de septiembre, los estudiantes extranjeros solo podrán estar cuatro años como máximo en Estados Unidos. Los periodistas tendrán 240 días, y los chinos ni siquiera 90. Es como si quisieran convertir el país en un hotel de paso donde solo entran los que aplauden al presidente.
Todo esto llega a tres meses y medio de las elecciones intermedias, con Trump y su equipo sudando porque el ascenso de Zohran Mamdani en Nueva York les ha puesto los pelos de punta. Temen que se les cuele una ola de izquierda que les complique los dos últimos años de mandato. La excusa oficial es la seguridad; la realidad, según el texto, es que los grupos de extrema izquierda usan “redes sofisticadas” para hacer política con intimidación. O sea, que cualquier becario o corresponsal con ideas raras ya es sospechoso.
Un centenar de medios internacionales han protestado diciendo que esto va a reducir la calidad de la información. En la práctica, es como si España decidiera que los corresponsales extranjeros solo pueden quedarse ocho meses y los chinos ni tres: que se vayan antes de que se enteren de cómo funciona realmente el cotarro.
Resumen: Trump y su equipo han decidido que la izquierda es tan peligrosa que hay que echarla antes de que pida otra ronda. Estudiantes y periodistas, a la calle. Como en tantas casas de España: “Tú, a tu país, que aquí mandamos nosotros y el que discrepa es un terrorista con visado”.