Evian, ese pueblo francés donde los ricos van a beber agua que cuesta más que el vino, fue escenario de una cumbre del G7 digna de sainete. Los aliados celebraron el “cambio” de Donald Trump respecto a Ucrania y acordaron algo que suena a broma pesada: fabricar misiles de largo alcance y sistemas antiaéreos bajo licencia directamente en suelo ucraniano. O sea, que ahora Kiev podrá montar cohetes como quien monta muebles de Ikea, pero con explosivos de serie.
El jefe del gobierno alemán, Friedrich Merz, lo soltó sin rodeos: empresas estadounidenses darán licencias a fabricantes europeos y ucranianos porque “todos producimos demasiado poco”. Traducción castiza: “Estamos escasos de juguetes militares y hay que subcontratar antes de que se nos acabe la munición”. La declaración conjunta del G7 promete más defensas aéreas, interceptores y capacidades de ataque profundo. Hasta los misiles Flamingo y Neptune ucranianos, que ya existían en cantidades de saldo, ahora tendrán hermanos mayores gracias a la firma yanqui.
Mientras tanto, Trump llegó a la sesión matutina, se plantó delante de todos y soltó la perla del día: “Soy el jefe”. Macron, que presidía, se rio por no llorar y le preguntó cómo estaba, como si estuviera atendiendo a un cliente conflictivo en un bar. El resto de líderes firmó la declaración final sin que Trump se marchara antes, lo que ya se considera un logro histórico comparable a que un gato y un ratón compartan sofá.
De postre, los mandatarios invitaron a comer a Sam Altman y Dario Amodei, los gurús de la inteligencia artificial, para que les expliquen cómo proteger a los menores en internet. Porque nada dice “preocupación geopolítica” como discutir misiles de crucero y algoritmos mientras te sirven agua de Evian a 20 euros el vaso.
Resumen de la cumbre alpina: Europa concede licencias de misiles como si fueran franquicias de hamburgueserías, Trump se autoproclama capataz y todos vuelven a casa pensando lo mismo: “Menos mal que la guerra se puede subcontratar”.