El presidente Donald Trump salió ayer a defender a capa y espada los controles de tráfico del ICE, después de que dos inmigrantes murieran baleados en Maine y Texas. Según él, renunciar a esos retenes sería como tirar la toalla ante el crimen más importante que existe. Porque, claro, nada dice “lucha contra la ilegalidad” como disparar a quien solo quería cruzar la carretera sin que le pidan papeles.
El Departamento de Seguridad Nacional suspendió los retenes tras la conmoción, pero Trump lo dejó clarísimo en su red social: la izquierda “radical” quiere que ICE se quede sin herramientas, pero él no va a permitirlo. Traducción adulta: los retenes continúan aunque el precio sea que algunos terminen en bolsas negras. México, por su parte, ya suma 17 nacionales muertos desde que Trump volvió al poder y anunció denuncias penales en Estados Unidos. O sea, mientras un país cuenta cadáveres, el otro cuenta likes.
El resultado es un espectáculo digno de circo: el ICE sigue parando autos como si fuera un videojuego de persecuciones, Trump grita que no cederá ante los “dumócratas”, y los inmigrantes siguen descubriendo que la carretera puede convertirse en campo de tiro si el agente de turno decide que tu cara no cuadra con el pasaporte que no tienes.
En resumen, la política migratoria actual se reduce a una frase absurda pero muy real: “No podemos renunciar a los retenes aunque se mueran dos”. Porque al final, para algunos, la soberanía se mide en cuántos indocumentados quedan en el asfalto antes de que alguien diga “ya es demasiado”. Y mientras tanto, los que sobreviven siguen conduciendo con el corazón en la garganta y el volante en las manos… esperando que el próximo retén sea solo un mal recuerdo y no la última parada.