Marco Rubio, con esa cara de quien acaba de descubrir que Cuba sigue existiendo, anunció que Estados Unidos ha metido a la Unión Cuba-Petróleo (CUPET) en la lista negra de los que no pueden ni pedir un café en Miami. La empresa que controla todo el petróleo de la isla, desde que sale del suelo hasta que llega al tanque del carro, ahora no podrá hacer ni un negocio con Estados Unidos. Traducción oficial: “Como usáis la energía para reprimir a la gente y mantener la cleptocracia, os cortamos el grifo”. Dicho en cubano de toda la vida: os quedáis sin luz y encima os echamos la culpa.
Rubio acusa a la compañía de revender barriles en el mercado negro, de guardar combustible para los militares, los espías y la policía política, y de racionar la luz como si fuera un premio por portarse bien. O sea, que en La Habana ya no es solo que te corten la luz cuatro horas; ahora resulta que es un arma de control social. Como cuando tu suegra decide que el aire acondicionado solo se enciende si apruebas el examen de “no criticar al régimen”.
Desde que Trump volvió a la Casa Blanca, la presión contra la isla ha subido como la factura de la luz en agosto. Cuba produce el cuarenta por ciento de su petróleo y el resto lo importa cuando puede, que últimamente es casi nunca, salvo algún barco ruso que aparece como el reparto de comida en tiempos de racionamiento. El bloqueo total llegó después de que capturaran a Maduro, porque nada dice “presión diplomática” como dejar a un país sin combustible y luego sancionar a la única empresa que lo gestiona.
El detalle histórico que nunca falta: Rubio recuerda que hace décadas expropiaron propiedades a estadounidenses. Es decir, que la venganza llega con sesenta años de retraso, como una multa de tráfico que te llega cuando ya vendiste el coche. Mientras tanto, Cuba atraviesa apagones históricos, déficit de generación récord y un sistema energético que parece más un concurso de “a ver quién aguanta más sin nevera”.
Al final, la medida suena tan lógica como sancionar al portero del edificio porque el ascensor se queda atascado. Estados Unidos castiga a la empresa estatal cubana por usar el petróleo como herramienta de poder, mientras el propio embargo lleva décadas demostrando que la mejor forma de controlar a alguien es dejándolo sin luz, sin combustible y sin margen para quejarse. Y Cuba, como siempre, sigue ahí: a oscuras, pero con el mismo cartel de “prohibido rendirse” que cuelga desde 1962.