La Embajada de Ucrania en México ha salido con la furia de un taxista chilango al que le rayaron el coche y ha rechazado de plano la exposición rusa “Oro de Crimea: la Europa ‘civilizada’ roba tesoros rusos”. Según Kiev, el evento es una tomadura de pelo con acento eslavo y olor a desinformación barata.
El numerito se montó en la embajada rusa con piezas conocidas como “Oro Escita”, que en 2013 estaban prestadas legalmente en Ámsterdam. Tras la ocupación de Crimea, los ucranianos metieron el caso en los tribunales holandeses durante casi diez años, como quien pelea por una herencia familiar que el primo borracho quiere quedarse. En 2023, la Corte Suprema de Países Bajos sentenció que las piezas pertenecen a Ucrania. Fin de la discusión… o eso creían.
Ahora Rusia llega a México con la cara de quien no ha perdido nunca y monta una exposición donde acusa a Europa de ladrón y presenta las piezas como suyas. Los ucranianos responden que esto no es cultura, sino propaganda para vender la ocupación como si fuera un paquete turístico todo incluido. “Esto no es un acto cultural, es un intento de normalizar el robo con fotos bonitas”, soltaron.
La diplomacia ucraniana pide a los mexicanos que no validen el evento y recuerda que el patrimonio de Crimea es ucraniano y que volverá a su sitio cuando Crimea deje de estar ocupada. Mientras tanto, los rusos siguen vendiendo la historia de que todo lo que tocan es suyo desde siempre, como el cuñado que llega a la casa y dice que la tele, el sofá y hasta la nevera siempre fueron de su familia.
Resumen: dos países peleando por un montón de oro antiguo como si fuera el último chorizo en la nevera, con México de testigo incómodo y la justicia holandesa actuando de árbitro cansado. Como en tantas familias: el que se queda con la casa dice que todo lo que hay dentro siempre fue suyo.