El presidente chino Xi Jinping llamó por teléfono a su homólogo brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y le soltó sin rodeos que China respalda al 100 % el “rechazo a la injerencia externa” de Brasil, como quien defiende a su compadre en una pelea de cantina. Ambos acordaron reforzar la coordinación estratégica bilateral y multilateral, que en cristiano significa “nos apoyamos mutuamente para que nadie nos joda el negocio”.
Lula, desde sus redes sociales, contó que los dos mandatarios también quieren avanzar en un posible acuerdo entre China y el Mercosur, ese club sudamericano donde Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay se pelean por el asado pero terminan compartiendo la cuenta. El pacto, aclaró, incluirá “las flexibilidades necesarias”, es decir, que cada uno pueda colar sus trampas sin que el otro se enfade demasiado. Brasil, por su parte, sigue empeñado en diversificar mercados, como quien cambia de supermercado cada vez que le suben el precio del huevo.
En cuanto a la cooperación futura, Lula enumeró sin vergüenza los campos estratégicos: inteligencia artificial, satélites, minerales críticos y el comercio de fertilizantes. O sea, robots que piensen, cacharros que orbiten, piedras que valen oro y mierda de vaca empaquetada. Xi y Lula coincidieron en que estos son los temas del futuro, aunque suene a que están montando una tienda de chatarra espacial con abono incluido.
El tono de la conversación fue de pura miel diplomática: respeto mutuo, beneficio recíproco y todo ese repertorio que usan los políticos cuando quieren parecer serios pero en realidad están negociando quién se queda con el último pedazo de pastel. Mientras tanto, cualquier país que intente meter las manos en este idilio recibirá el mismo trato que un invitado que llega sin aviso a una asado brasileño: puerta en la cara y sin derecho a chimichurri.