La cadena hotelera canadiense Blue Diamond Resorts ha decidido cerrar sus operaciones en Cuba con efecto inmediato, como si hubiera recibido una orden de evacuación por un huracán que nadie vio venir. La empresa gestionaba 62 hoteles en sociedad con el gobierno cubano bajo diez marcas distintas, aunque nunca poseyó propiedades propias en la isla.
El comunicado oficial menciona limitaciones operativas y condiciones del mercado, pero el contexto no deja mucho margen para la imaginación. El 1 de mayo Donald Trump firmó un nuevo decreto de sanciones que afecta directamente a empresas extranjeras que colaboran con el Estado cubano. Blue Diamond ya había reducido su actividad desde febrero, y ahora simplemente se retira. El embargo estadounidense vigente desde 1962, sumado al bloqueo petrolero impuesto en enero, ha agravado la crisis energética de la isla, obligando a aerolíneas como Air Canada, Air Transat y WestJet a suspender vuelos por falta de combustible.
El conglomerado militar-económico Gaesa, que controla buena parte de la economía cubana, y la minera canadiense Sherritt fueron las primeras compañías sancionadas tras el decreto. El secretario de Estado Marco Rubio ha señalado que Gaesa no genera ingresos para el pueblo cubano, sino para beneficio de una élite. El turismo representa la segunda fuente de divisas del país y Canadá sigue siendo su principal emisor de visitantes. Mientras tanto, la salida de Blue Diamond deja un vacío que parece más grande que una playa sin turistas ni combustible.
La decisión llega en un momento en que la presión externa y las restricciones internas convierten cualquier operación hotelera en un ejercicio de malabarismo constante.