España y seis socios europeos acaban de formar un club exclusivo para defender que los coches sigan perdiendo peso en dióxido de carbono sin pausas dramáticas. Dinamarca, Francia, Luxemburgo, Países Bajos, Portugal, Suecia y España insisten en que cualquier margen extra para los fabricantes debe ser tan estrecho como un parking de centro comercial en hora punta.
Los siete gobiernos advierten que flexibilizar las reglas ahora equivaldría a regalarle al sector un permiso para volver a los viejos tiempos del motor de combustión con excusas creativas. Quieren que cualquier excepción esté atada a inversiones reales en electrificación, no a promesas que suenan bien en PowerPoint. Además, vinculan el coche eléctrico con la seguridad energética del continente, recordando que depender de combustibles fósiles es como fiarse del tiempo en una barbacoa británica.
También exigen más puntos de recarga, incentivos que no sean solo decorativos y un mercado de segunda mano que permita a la gente normal acceder a estos vehículos sin vender un riñón. Rechazan cambios normativos sin respaldo científico y citan datos de un millón de vehículos que demuestran que los híbridos enchufables emiten 3,5 veces más CO2 en la vida real que en las pruebas de laboratorio.
Los firmantes prefieren mantener el rumbo claro hacia la electrificación antes que abrir la puerta a combustibles alternativos que, según ellos, solo servirían para distraer recursos necesarios en aviación y transporte marítimo. Al final, piden una hoja de ruta predecible que proteja la competitividad europea y haga los coches eléctricos más asequibles para quien no tiene garaje con enchufe propio.