Resulta que la presidenta de la Comisión Europea ha decidido que ya basta de que los menores pasen el día pegados a la pantalla como si fuera una teta digital. Según un estudio con más de 25.000 padres europeos, los chavales consumen una media de cuatro horas y media en días de colegio y más de seis los fines de semana. El 14 % llega a pasar más de diez horas diarias, lo que en lenguaje de calle significa que muchos adolescentes ven más el móvil que la cara de sus propios padres.
Von der Leyen ha soltado la frase de rigor: cuando uno de cada tres jóvenes dice que las redes le provocan estrés, tristeza o sensación de exclusión, “ha llegado la hora de actuar”. Traducido al español de bar: los políticos han descubierto tarde que los likes no alimentan y que el odio en comentarios puede dejar marcas más profundas que una bronca de la abuela. El comité de sabios que asesora a Bruselas presentará sus recomendaciones el 13 de julio, fecha en la que probablemente decidirán si prohíben las redes a los menores o simplemente crean otra aplicación que nadie usará.
Mientras tanto, Francia, España y Dinamarca copian el modelo australiano y preparan su “mayoría digital”. Reino Unido, por su parte, ha anunciado que prohibirá las redes a los menores de 16 años antes de que acabe el año, salvo WhatsApp y Signal, porque al parecer los mensajes de “dónde estás” de mamá no cuentan como peligro. La Comisión ya tiene lista una app europea de verificación de edad, que funcionará más o menos como el DNI pero sin foto y con menos fiabilidad que el control de alcoholemia en Nochevieja.
El resultado es que los políticos europeos, que pasan el día tuiteando, han decidido salvar a la juventud de algo que ellos mismos no saben usar sin liarla. Los menores, por su parte, seguirán buscando formas de saltarse el control mientras los padres, que llevan el móvil hasta al baño, aplauden la medida desde el sillón. Al final, el único que sale ganando es el que invente la próxima red social “para mayores de 18” que en realidad usen todos los críos del instituto. Ursula ha hablado. Ahora falta ver si alguien apaga el teléfono antes de que acabe el verano.