Resulta que dentro de ese acuerdo marco entre Estados Unidos e Irán han metido de tapadillo un fondo privado de 300.000 millones de dólares para “impulsar inversiones” en el país persa, y ya han comprometido más de la mitad como si fuera una apuesta de póker entre multimillonarios aburridos. La idea, según fuentes que prefieren no dar la cara porque el tinglado aún no se ha anunciado, es darles a ambas partes un caramelo económico para que firmen de una vez el pacto definitivo este viernes.
El invento no es un plan de reconstrucción oficial ni una limosna pública, ni mucho menos. Es dinero privado que llega de empresas estadounidenses, de los jeques del Golfo, de Asia y hasta de Sudamérica y África, todo destinado a energía, logística, fábricas y transporte. O sea, el típico fondo que promete levantar refinerías y aeropuertos mientras los inversores cuentan los beneficios antes de que se enfríe el primer café.
Irán había pedido inicialmente 400.000 millones de dólares en compensación por los destrozos de la guerra, pero Washington contestó que ni hablar. Entonces alguien tuvo la ocurrencia de crear este “Fondo de Reconstrucción y Desarrollo” que suena más a nombre de una estafa piramidal que a un proyecto serio. Los países de la zona pondrán pasta mediante préstamos, líneas de crédito o pagando directamente la reparación de siderúrgicas, refinerías y aeropuertos, todo con empresas de Corea del Sur, Japón, Singapur y otros que ya han levantado la mano.
En resumen: un bote millonario privado para que Irán vuelva a ser rentable, mientras Trump sigue amenazando con bombas si el acuerdo le sienta mal después de comer. Un fondo tan “sólido” como el que promete un vendedor de coches usados en un parking desierto, y con la misma transparencia que un sobre cerrado en una sobremesa familiar. Absurdo, cínico y con olor a negocio redondo… hasta que alguien decida que ya no le gusta y todo se vaya al garete otra vez.