Donald Trump llegó a Pekín buscando una llave maestra para abrir el estrecho de Ormuz y escapar del laberinto iraní, pero se marchó con una advertencia clara sobre Taiwán y pocas victorias concretas. Durante la cumbre, Xi Jinping ofreció ayuda para reabrir la vía marítima, aunque dejó claro que China no suministrará equipo militar a Irán. Como principal comprador del petróleo iraní, Pekín tiene influencia, pero prefirió mantenerla como carta de negociación.
La otra cara de la moneda fue Taiwán. Xi recordó que una mala gestión del asunto podría llevar a ambos países al conflicto y reiteró que la isla forma parte de China desde el año 230. El mensaje recordó la visita de Nancy Pelosi en 2022 y dejó a Trump en una posición más comedida de lo habitual. El presidente estadounidense reveló que sus opiniones sobre Irán eran muy similares, aunque evitó detalles sobre posibles presiones chinas a Teherán.
En el banquete de despedida, Trump celebró conversaciones “extremadamente positivas” e invitó a Xi a la Casa Blanca el 24 de septiembre. El líder chino, más cauto, insistió en que la cooperación beneficia a ambos y que el progreso de China es compatible con el lema “Make America Great Again”. Detrás de los abrazos diplomáticos, la agenda real quedó clara: Trump necesitaba resultados rápidos por la inflación y el precio de la gasolina, mientras Xi priorizaba estabilidad a largo plazo.
Al final, la cumbre se pareció a una cena familiar en la que uno pide dinero urgente y el otro responde con una lección de historia: útil, pero no exactamente lo que se esperaba llevarse en la maleta de regreso.