En la capital belga, los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea han llegado con cara de pocos amigos y una agenda más cargada que el bolso de una suegra en rebajas. El plato fuerte no es otro que China, ese gigante que vende acero a precio de saldo y deja a las fábricas europeas más desinfladas que un globo en un cumpleaños de cinco años.
Los líderes reconocen que tienen herramientas para poner aranceles, pero les cuesta tanto activarlas como convencer a un adolescente de que apague el móvil. Francia, con su habitual tono de “vamos a liarla”, propone mecanismos nuevos y contundentes. Alemania y España, en cambio, prefieren el diálogo, como si Pekín fuera un vecino al que se puede convencer con un café y no un competidor que te deja sin nómina.
Un diplomático europeo lo resumió sin rodeos: China reparte caramelos a unos y hostias a otros, y el truco funciona. Mientras tanto, el déficit comercial con el gigante asiático ya supera los 350.000 millones de euros anuales, una cifra que da vértigo hasta a los más frugales del norte, que siguen pidiendo recortes como si el presupuesto fuera su cuenta del supermercado.
Pero el espectáculo no acaba ahí. Zelenski ha aparecido para arrancar las negociaciones de adhesión de Ucrania, y los Veintisiete, ahora ya los 27 de verdad tras el cambio de gobierno en Hungría, debatirán el primer tramo de un préstamo de 90.000 millones y el paquete número 21 de sanciones a Rusia. Porque con Rusia, como con las facturas, nunca se acaba.
En Oriente Próximo, el tema es Gaza, Líbano e Israel. Varios países llevan meses pidiendo sanciones contra ministros israelíes extremistas, pero la Comisión parece haber decidido que mirar hacia otro lado es más cómodo. Mientras tanto, los líderes condenan el maltrato a detenidos y prometen estar atentos a cualquier violación del alto el fuego, como si eso fuera a cambiar algo.
Y como guinda, el primer debate serio sobre el presupuesto 2028-2034. Los frugales quieren tijeretazos y cero deuda común. Los del sur piden más dinero para defensa, cohesión y que no toquen la PAC. Es decir, la misma discusión de siempre: unos quieren pagar menos y otros quieren gastar más. El resultado, como siempre, se decidirá en el último minuto con resaca y dolor de cabeza.
En resumen, otra cumbre europea convertida en numerito de circo donde todos hablan de China, Rusia e Israel pero nadie quiere ser el primero en apretar el botón. Porque en la UE, como en cualquier familia numerosa, lo importante no es resolver los problemas… es que nadie pague la factura.