En la cumbre del G7 en Évian, el presidente estadounidense ha salido con su típico estilo de vendedor de coches de segunda mano y ha anunciado que el estrecho de Ormuz se reabrirá del todo “en un día o dos”. Según él, el memorando con Irán es “un gran acuerdo” porque Teherán nunca tendrá bomba nuclear, aunque todo el mundo sabe que estas promesas duran menos que una promesa electoral en campaña.
El mandatario ha presumido de que los mercados están encantados: la bolsa sube como la espuma y el petróleo baja más rápido que un ascensor sin frenos. “Nada es más listo que el mercado”, ha repetido, como si los inversores fueran adivinos y no simples especuladores que cambian de chaqueta según sopla el viento. La alternativa, según Trump, sería una depresión mundial, que viene a ser lo mismo que decirle a tu suegra que se quede sin bingo un mes entero.
Sobre las inversiones en Irán, el presidente ha negado con vehemencia cualquier compromiso de Estados Unidos. “Ni un céntimo”, ha repetido, aunque filtraciones hablen de un fondo de 300.000 millones de dólares. “Si alguien quiere invertir, que lo haga, pero nosotros no”, ha sentenciado, dejando claro que el dinero de Washington no irá a rehabilitar nada iraní hasta que vean “cómo se comportan”. O sea, hasta que Irán se porte como un niño bueno en clase de religión.
Y por si alguien se despista, Trump ha recordado su plan B: si no le gusta cómo actúa Teherán, volverá a “lanzar bombas justo en medio de la cabeza”, porque Irán “se ha portado mal durante 47 años”. Una amenaza tan sutil como un elefante en una cristalería.
En resumen, otro numerito del presidente que convierte la geopolítica en un reality show donde se abre un estrecho, se promete paz nuclear y se amenaza con bombardeos todo en menos de cinco minutos. Porque en el mundo de Trump, los problemas internacionales se resuelven como en una telenovela: con mucha fanfarria, cero detalles y la promesa de que si las cosas van mal, siempre queda la opción de volar todo por los aires.