Marco Rubio, con cara de quien acaba de descubrir que el virus no respeta pasaportes diplomáticos, anunció que Estados Unidos no permitirá ni un solo caso de ébola en su territorio. El secretario de Estado soltó la frase durante una reunión de gabinete en la Casa Blanca, donde Trump reunió a todos para hablar de la epidemia que devasta la República Democrática del Congo.
El plan suena a película de espías con toque de cuarentena: Washington abrirá un centro en Kenia para aislar a estadounidenses que deban salir rápido del Congo. La idea es evitar que viajen directo a casa con el virus como acompañante no deseado. Mientras tanto, cualquier ciudadano estadounidense que haya estado en Congo, Uganda o Sudán del Sur en los últimos 21 días será redirigido solo a los aeropuertos de Washington, Atlanta y Houston para controles estrictos. Los residentes permanentes que hayan pasado por esos países quedan vetados por 30 días.
La Organización Mundial de la Salud ya registró más de mil casos sospechosos y 223 muertes, aunque las cifras reales probablemente sean mayores. Rubio insistió en que el gobierno trabaja sin descanso para contener el brote donde está y evitar que cruce fronteras.
Al final, la estrategia parece un cóctel de precaución exagerada y burocracia creativa. Mientras el virus avanza en África, Estados Unidos prefiere montar controles en Kenia antes que arriesgarse a recibir un pasajero con fiebre en Houston. La ironía es que, en plena era de viajes instantáneos, el remedio parece sacado de una comedia de enredos sanitarios.