Xi Jinping y Vladimir Putin se abrazaron esta semana en el Gran Salón del Pueblo con la calidez de dos compinches que llevan más de trece años llamándose “viejo amigo”. Apenas unos días después de que Donald Trump paseara por la misma ciudad, los líderes chino y ruso decidieron demostrar que su relación resiste cualquier tormenta, incluidas las del Golfo, Ucrania y el suministro de hidrocarburos.
Mientras una salva de cañones resonaba y un grupo de niños agitaba banderas como si fuera un concierto de despedida de The Rolling Stones, ambos firmaron acuerdos de cooperación estratégica, una nueva vía férrea y la prórroga de un tratado de buena vecindad de veinticinco años. También pactaron exención recíproca de visados y confirmaron que Xi visitará Rusia el próximo año, mientras Putin asistirá a la cumbre de la APEC en China. El comercio bilateral ya duplica el volumen de 2020 y más del setenta por ciento de las importaciones chinas desde Rusia son combustibles, sobre todo petróleo cuyo flujo creció un treinta por ciento desde las sanciones occidentales.
Putin ve en el conflicto de Oriente Medio una oportunidad para colocar su gas por el “Fuerza de Siberia 2”, aunque de momento solo hay “avances” sin firma definitiva. China, en cambio, prefiere que todos vuelvan a negociar antes de que el precio del crudo se le escape por los aires. Ambos coinciden en que los bombardeos contra Irán vulneran el derecho internacional y que el diálogo debe retomarse cuanto antes.
Al final, mientras Trump regresa a casa sin grandes anuncios, Xi y Putin brindan por su estabilidad particular. Un té largo, dos sonrisas y la certeza de que, por ahora, su bromance sigue más fuerte que nunca.